Si le hiciéramos esta pregunta a un hombre común, quizás se
limitará a enumerar algunas de las marcas más importantes del mundo. Otros
dirían que es esa plaga que nos persigue en los medios de comunicación, en
tanto otros afirmarían convencidos que es algo totalmente innecesario y que su
desaparición contribuiría a abaratar los productos.
La mayor parte de las
personas no se atreve a hablar favorablemente en público de la publicidad. Se
ha convertido en una verdadera moda protestar porque las revistas traen más
anuncios que artículos o porque los niños se saben de memoria todos los jingles
de la televisión. Las feministas arremeten contra la publicidad porque
convierte a la mujer en un objeto. Los cineastas luchan contra la interrupción
de sus películas por anuncios televisivos. En resumen, la publicidad tiene
«mala prensa».
Pero, ¿acaso podemos
prescindir de la publicidad? Imaginemos por un instante que esta «enemiga
pública nº 1» desaparece del mundo. La televisión sería una sucesión interminable
de programas, que no nos dejaría movernos ni un instante de nuestro sillón. Las
revistas perderían buena parte de su colorido. Las vallas anunciadoras dejarían
de cubrir muchos edificios en ruinas o espacios baldíos. Cuando fuéramos a
comprar, nos encontraríamos con decenas de productos desconocidos y el vendedor
se vería en apuros para explicarnos su utilidad.
Lo cierto es que nadie está dispuesto a renunciar en el mundo
de hoy a la publicidad. Por suerte, esa corriente anti publicitaria se está
invirtiendo en sentido contrario. Encuestas realizadas en Estados Unidos
revelaron que los spots televisivos son más populares que muchos programas. Tampoco
los lectores quieren prescindir de los anuncios en la prensa. Muchas
asociaciones de consumidores han defendido la publicidad porque informa al
público, además de promover la competencia y la calidad. En los últimos años,
también los políticos europeos, por ejemplo, han recurrido a los grandes
profesionales de la publicidad para que les organicen sus campañas electorales.
Ahora bien, la publicidad consiste en informar a una o varias
personas sobre un producto o servicio por medio de un anuncio pagado, con la
intención de conseguir un objetivo.
Analicemos en detalle esta definición. En primer lugar, está
la información. Para que exista, tiene que haber un emisor (el anunciante) del
mensaje publicitario y un receptor (el público) de ese mensaje. Esta
comunicación tiene que ser breve y lo suficientemente atractiva como para
captar la atención del consumidor en un instante.
En segundo lugar, tenemos el anuncio pagado. Cuando se
comenta con un amigo que tal o cual marca de vino es excelente, no hay que
pensar que se está haciendo publicidad. Sólo lo es cuando se paga a una agencia
para que cree un anuncio que será difundido de manera gratuita o a través de un
medio de comunicación, al que se compra un tiempo o un espacio.
Por último, no hay
anuncio sin intención. Desde la oferta de un puesto de trabajo hasta las
campañas de divulgación sanitaria. Se pretende influir sobre el público para
que compre, alquile, venda, cambie, se abstenga de, proteja, cuide, ame,
disfrute, limpie, done esto o lo otro. Si el anuncio logra su objetivo, ya es
otra cosa.

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